UNA PATERNIDAD HUMANA REFLEJO DE LA INCOMPARABLE PATERNIDAD DIVINA

“Y yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí, hijos e hijas, dice el Señor todopoderoso” (2 Corintios 6:18).
Dios al crear todo lo que existe nunca dejó las cosas a medias. Todas las hizo completas en su “ser y hacer” y
conforme, actuó en la creación del hombre y de la mujer a su imagen y semejanza: “vio que todo lo que había hecho
era muy bueno” (Génesis 1,31). Muy bueno en su fondo (esencia), forma (estructura) y proyección (acción). Creados a
imagen y semejanza de Dios los seres humanos no podían dejar de realizar ciertas funciones, como las que el mismo
Señor realizó y sigue realizando desde su misma eternidad: su divina paternidad. Ser Padre de todas sus creaturas,
pero sobre todo de quienes nos creó a su imagen y semejanza. Una paternidad divina que quiso compartir y transmitir
a todos los seres humanos bajo el lema del amor.
El verdadero amor, con letras mayúsculas. “Un amor – según San Pablo a los Corintios capítulo 13, 4-8 – paciente y
bondadoso; que no tiene envidia, ni orgullo, ni arrogancia. No es grosero ni egoísta, no se irrita ni es rencoroso, no se
alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo
lo soporta. El verdadero amor nunca muere”.
Solo han trascurrido algunas semanas de la celebración del día de mamá. Un día muy lindo, de amor y gratitud, de
muchísimos recuerdos especialmente para la mamá de quienes nos ha precedido en la casa del Padre.
El tercer domingo de este mes de junio, nos espera celebrar el DIA DE PAPRE. Un día de inefable amor y gratitud para
ofrecer un justo homenaje a quien, junto a mamá, enriquecidos espiritualmente de la gracia sacramental del
matrimonio, hicieron posible nuestra existencia. Experiencia maravillosa que el Señor hizo posible por el deseo de
compartir con sus creaturas, el hecho de dar vida, una vida plena y útil, en vista de la plenitud del verdadero bienestar
para gozarlo junto a Él al final de los tiempos… Es decir, una paternidad humana, la de papá, que, sin lugar a dudas, es
reflejo de la paternidad divina.
Ser padre es una vocación, una elección de Dios: “No me han elegido ustedes a mí, sino que yo los he elegido a
ustedes, y los he destinado para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca; de modo que todo lo que pidan al
Padre en mi nombre se os conceda. (Juan 15, 16). Es muy posible no darse cuenta de esta divina llamada, de esta
elección. Pero si uno analiza su naturaleza, sus inclinaciones, sus habilidades y cualidades, la forma por la cual desea
orientar su vida, allí encuentra la respuesta de su vocación, de la llamada de Dios, es decir “el por qué, para qué y el
cómo” ser papá.
Para ello Papa Francisco nos recuerda que: “nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación
divina. La llamada del Señor no es tan evidente como todo aquello que podemos oír, ver o tocar en nuestra
experiencia cotidiana. Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse a nuestra libertad. Pero puede ocurrir
que su voz quede silenciada por las numerosas preocupaciones y tensiones que llenan nuestra mente y nuestro
corazón”.
En su mensaje, Francisco destaca la necesidad de asumir la vocación, una vez descubierta, sin rezagarse: “¡La vocación
es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado a convertirse en testigo del
Señor, aquí y ahora”.
No todos los hombres tienen la misma vocación o deseo de ser papá. Al asumir esta función es necesario hacerlo con
entrega y empeño y, conforme los valores que el Señor indica al respecto, a partir del valor del amor. Ser padre no es
ser el proveedor de las necesidades materiales del ambiente hogareño; es ser representante de Dios, un regalo del
Señor, que, junto a su esposa, la madre de sus hijos, marca la presencia divina en el hogar, con la función de contribuir
a vivir la común unión entre todos los participantes del ambiente familiar según el proyecto de vida establecido de
Dios para conseguir su verdadero bienestar material y espiritual.
No es posible desligar el Día del Padre del ambiente familiar. Por ello, Papa Francisco afirma: “Dios pone al padre en la
familia para que, con las características valiosas de su masculinidad, «sea cercano a la esposa, para compartir todo,
alegrías y dolores, cansancios y esperanzas. Y que sea cercano a los hijos en su crecimiento: cuando juegan y cuando
tienen ocupaciones, cuando están despreocupados y cuando están angustiados, cuando se expresan y cuando son
taciturnos, cuando se lanzan y cuando tienen miedo, cuando dan un paso equivocado y cuando vuelven a encontrar el
camino; padre presente, siempre. Decir presente no es lo mismo que decir controlador. Porque los padres demasiado
controladores anulan a los hijos». Algunos padres se sienten inútiles o innecesarios, pero la verdad es que «los hijos
necesitan encontrar un padre que los espera cuando regresan de sus fracasos. Harán de todo por no admitirlo, para
no hacerlo ver, pero lo necesitan». No es bueno que los niños se queden sin o alejados de sus papás y así dejen de ser
niños antes de tiempo.
Antes de terminar el presente mensaje, apreciados papás, deseo compartir con todos ustedes el testimonio de vida
que hace una joven al recordar a su papá:

“Queridísimo papá:
Te fuiste en silencio, como fue tu estilo. Para todo el pueblo fuiste un punto de referencia, la persona en quien contar,
siempre disponible. Tu vida conyugal fue muy dura, por tu servicio militar y cuando tuviste que enterrar a tu primera
hija de solo nueve meses. Ni hablar luego del tiempo que estuviste preso en la segunda guerra mundial. Sin embargo,
tu fe granítica, tu tenacidad, sencillez y de obrero calificado, te han permitido vivir con serenidad y dignidad. Toda
dificultad la ponías en las manos del Señor. Confiabas siempre en la Providencia divina. Fuiste un modelo de humildad,
amor, fe, sencillez y devoción total a la familia y al prójimo. Nos enseñaste a amar a las personas, tú que, por tu
trabajo, encontraste muchas (…). Nunca extraviaste la preciosa lámpara de la sabiduría, del amor y de la bondad. Viste
cambiar muchísimas cosas a tu alrededor, sin embargo, quedaste siempre el mismo ser humano, sereno y feliz. Esta es
la más linda herencia espiritual que un padre de familia pueda dejar a sus hijos. Muy agradecida de corazón, papá, por
este testimonio de vida.
Muy apreciados papás, un afectuoso abrazo a todos y a cada uno de ustedes. De mi parte no faltará una oración muy
especial en la Eucaristía de este domingo para que el Señor los bendiga. No faltará además un recuerdo muy particular
para los papás que nos han precedido en la casa del padre y también para mi padre, que con la ayuda del Señor y con
su testimonio de vida cristiana me ayudó a entregarme al Servicio del Señor y de la Iglesia.
El Señor y la Virgen los bendigan.
Surco 19 de junio de 2020
P. Francisco Lafronza (P. Felipe)
P.D. -  Para este día de papá, a nivel del ambiente familiar, les propongo rezar la siguiente oración:
“Gracias, Dios mío, por el don de la vida, por el regalo de compartir contigo el don de la paternidad. Gracias por
permitirme entrar en tu presencia y estar a tu lado. Necesito de Ti, Señor. Mira que mi vida sin Ti carece de sentido.
Aumenta mi fe para que te sepa descubrir en todos los momentos de mi existencia. Acrecienta mi confianza para que
no me deje seducir por cosas efímeras, que se acaban, que defraudan. Que mi hogar, muy amado Jesús, sea la
auténtica imagen del ambiente familiar que tú has vivido en Nazaret. Foguea mi amor para que te ame siempre con
más pasión y junto a todos mis seres queridos podamos ser apóstoles infatigables de tu Reino” ¡Amén!

 

 


¡NUNCA TE DETENGAS!

 Detrás de cada línea de llegada existe una línea de salida. Insistes, también si los demás esperan que tu desistas. No dejes que se oxide el hierro (la energía) que hay en ti. Asegúrate de que, más bien que compasión, te guarden respeto. Cuando ya no puedes correr, camina veloz. Cuando ya no puedes caminar veloz, camina. Cuando ya no puedes caminar, usa el bastón. Pero, ¡nunca te detengas!”.

 Es con esta muy linda y significativa frase de Madre Teresa de Calcuta, mi deseo de dirigirme a todos ustedes, Hermanas y Hermanos, amigos del corazón, para que nunca desistamos de seguir en la lucha que nos corresponde realizar a todos en esta circunstancia tan desagradable que nos ha tocado vivir, el COVID-19. Junto a las diferentes autoridades que dan lo mejor de sí para vencerlo.

 Una realidad que, frente a los incalculables avances de la ciencia y de la tecnología, nunca hubiéramos pensamos que nos iba a tocar. Todavía no nos convencemos que, por cuanto se vaya progresando en los diferentes aspectos de la ciencia, nunca dejará de faltar algo que descubrir. Descubrimientos que siempre estén a favor del ser humano, de su naturaleza, de todo lo que el Señor, nuestro Dios, que nos ama, ha dispuesto para nuestro verdadero bienestar natural y sobrenatural.

 Es en vista de este segundo bienestar – el sobrenatural - que definirá nuestra futura dicha eterna, que el Señor, por intermedio de la Iglesia, nunca deja de incentivarnos a refrescar nuestra memoria sobre todo lo que nos ayude a orientar nuestra existencia conforme el proyecto de salvación que el Señor, en su inconmensurable amor, ha establecido para el verdadero bien de toda la humanidad.  Para ello, al llegar a la etapa final de la cuaresma e iniciándose la semana santa con el Domingo de Ramos, nos espera participar y vivir el Triduo Pascual: Jueves Santo, Viernes Santo, Sábado de Gloria: pasión, muerte y resurrección del Hijo de Dios. Misterios que no pueden quedarse en un simple recuerdo. Más bien tienen que dar vida, la que tanto necesitamos, no solo en estos momentos de preocupación, de duda e incertidumbre, sino durante toda nuestra existencia.

 Jueves Santo.  El día en que Jesús, antes de empezar con la etapa final de su vida, como hombre, sigue manifestándonos su amor. Y por eso instituye el Sacramento de la Eucaristía. Una presencia viva y verdadera bajo la forma de pan. Un amor que no se limita exclusivamente a ese momento de su institución, sino que, se proyecta hasta el final de los tiempos. Jesús con la Eucaristía instituye también el sacerdocio. Es decir, da el poder a quien corresponda – a los sacerdotes - para que este sacramento eucarístico siga derramando vida en quien lo reciba en gracia de Dios. Un milagro que sigue repitiéndose toda vez que se celebra la Santa Misa, pues, como se afirma en la Comisión Episcopal de

Liturgia: “Celebrar la Eucaristía no es simplemente recordar algo; es hacer presente a Alguien, tal

como él mismo nos mandó. Adorar el Sacramento del altar no es venerar una cosa santa, como una reliquia; es entrar en comunicación con alguien que allí se nos hace presente y que es Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro, con quien nos unimos en la comunión eucarística”. Si bien no nos será posible participar como de costumbre en la acción litúrgica de la Santa Misa, nadie podrá quitarnos la oportunidad de participar indirectamente a algunas de las diferentes funciones que se transmiten vía los medios de comunicación social y hacer nuestra comunión espiritual.

 Viernes Santo. Pasión y muerte de Jesús. Con tal de cumplir con la voluntad del Padre y realizar su proyecto de salvación, con mucho sufrimiento, Jesús se sometió a toda suerte de maltratos. Algo imposible de soportar por un ser humano cualquiera, pero Jesús los aceptó. Solo se piense a los vejámenes recibidos antes de ir camino al calvario, cargar con la cruz, sus tres caídas y la necesidad que el cireneo lo ayudara, porque ya era imposible seguir adelante. ¿Qué decir luego del encuentro con su madre, María? Una mamá ¿podría aguantar todo lo que le hicieron a Jesús? Creo que sería para privarse y, quien sabe, no levantarse más… Pero María todo lo soportó como respuesta de aquel “SI”, que dio al aceptar de dar las semblanzas humanas al Hijo de Dios, colaborando con el proyecto de salvación divino… Desde los horribles sufrimientos de la cruz, Jesús nos la dejo como mamá… Si bien Jesús sufrió una sola vez para siempre, no podemos olvidar de no asociarnos a su pasión conforme lo indicado por Pablo: “Completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Colosenses 1, 24). Nos compete a todos hacer realidad en nuestra existencia la pasión de Cristo con una vida vivida conforme los valores que rescatamos de la palabra de Dios.

 Sábado de Gloria. Un día de intensa emoción espiritual. Se abre con la liturgia de una serie de simbolismos cuyos significados enriquecen y orientan nuestra vida espiritual. La bendición del fuego, amor que une; el cirio pascual, Cristo luz que, con su divina palabra, alumbra; la bendición del agua, para los nuevos bautizados. Todo matizado con la palabra divina. Con la celebración de la Eucaristía se dará el anuncio de la resurrección del Hijo de Dios. Fue con el testimonio de las mujeres. Las primeras que, como siempre, preocupándose del Señor, fueron al sepulcro para darles los últimos adioses  y, con muchísimo  estupor,  se dieron cuenta  que el sepulcro  estaba  vacío.  Cristo había resucitado. Verdad declarada por el mismo Señor antes de su pasión que iba a resucitar el tercer día…Un hecho que si bien se realizó hace más de dos mil años, sigue siendo fuente de vida en proyección a la plenitud de vida, que compartiremos con el Señor el día que tendremos al dejar esta dimensión. ¡Aleluya, Aleluya! ¡Cristo Resucitó! Resurrección que es garantía de nuestra fe. Para ello Pablo afirma: “Si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe, seríamos La gente más digna de lastima…” (1 Corintios 15, 14-15). Verdad que nos corresponde realizar a todo dar con nuestro testimonio de vida cristiana, pues con la resurrección de Jesús se hace realidad nuestra salvación.

 Apreciados  Hermanas  y  Hermanos,  amigos  del  corazón,  conforme  nos  indica  Madre  Teresa  de Calcuta, “no dejemos que se oxide el hierro” – es decir las energías del espíritu – “que hay en nosotros”. Aprovechemos de esta circunstancia para reflexionar sobre los misterios que dan sentido a nuestra existencia y nos permiten mirar el futuro siempre con renovada esperanza. Jesús está con nosotros, entre nosotros, sabe cuáles son nuestras necesidades en especial en estos momentos. No podemos desconfiar de su ayuda. Acudamos a él con la confianza que nos da su resurrección, garantía de nuestra fe.

 

El Señor Resucitado y la Virgen María nos bendigan. P. Francisco Lafronza (P. Felipe)

Surco 8 de abril 2020

 

 


“ABRAZAR AL SEÑOR PARA ABRAZAR LA ESPERANZA”

Es con esta invitación que el Vicario de Cristo, el Papa Francisco, nos alienta con firmeza y mancomunadamente a enfrentar esta pandemia para superarla y vencerla con amor, fe y esperanza. Virtudes y valores que no pueden faltar en toda nuestra existencia, pero sobre todo en estos momentos de zozobra.

Los que participamos y vivimos el día 27 del presente mes, a las doce del día, el mensaje del Santo Padre,  recibiendo en nombre de Dios la bendición “Urbi et Orbi”, es decir a todos los ciudadanos de Roma, como su obispo, y a toda la cristiandad del mundo, como Vicario de Cristo, vivenciamos   momentos de mucha reflexión y de una inmensa sensibilidad humana y cristiana. Todo el mundo está sufriendo la misma problemática del COVID-19 y a todos nos corresponde  participar responsable y solidariamente,  para superarla y vencerla.

El Papa, muy preocupado, tomó como tema de reflexión el evangelio de Marcos al capítulo cuarto desde los versículos 35 hasta el 41, sobre “la tempestad calmada” por Jesús. El Señor se encontraba con los discípulos en la misma barca, cuando, de repente, una fuerte tempestad empezó a sacudirla. Los discípulos empezaron a tener miedo y se extrañaban cono Jesús estuviera durmiendo, despreocupándose aparentemente de la situación. Para ello, Jesús los reprende: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”.

Los discípulos, por la experiencia adquirida durante el tiempo vivido al lado de Jesús, hubieran tenido motivos de sobra para tener la plena seguridad que no les iba a pasar nada. Él sería la misma seguridad al vencer cualquier tipo de dificultad. Seguridad y confianza que todavía les faltaba a los discípulos por el hecho de que el Espíritu Santo no había bajado en su interioridad para transformarlos, como aconteció el día de Pentecostés, habilitándolos para vivir en carne propia y luego proclamar el Reino de Dios…

En la presente circunstancia de mucha preocupación por el COVID-19, con justa razón, Papa Francisco, en su mensaje hace referencia a tres aspectos,  entre otros, de mucha importancia para vencer todo temor, aunar esfuerzos y juntos tener la oportunidad para vencer este mal, que, directa o indirectamente, nos ha afectado a todos. Es decir, un llamado para renovarnos en la verdadera caridad, en la fe y en la esperanza.

“¿Por qué tenéis miedo?”. No tendríamos por qué preocuparnos de las contrariedades de la vida, si pensamos que Dios está de nuestra parte, el hecho es que nos hace falta una necesaria renovación de nuestro amor hacia quien nunca ha dejado y deja de amarnos, el Señor. Un amor que une y no divide, que nos une a Dios y a nuestros semejantes en nombre de Dios. Un amor que no podemos condicionar a nuestros caprichos. “No es el momento de tu juicio – afirma el Santo Padre -  sino de nuestro juicio. El tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es”. Pues – sigue Francisco - “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad”.

Hemos confiado demasiado en nuestros esfuerzos, en nuestras capacidades intelectuales, en la tecnología, en la ciencia, marginando a Dios de nuestra existencia como si no tuviéramos nada que hacer con Él y, nos encontramos con las manos vacías…

“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Un amor, que no puede ir al margen de la fe. Dos valores que van de la mano: amor y fe. Por eso Francisco,  al recordarnos las palabras de Jesús sigue insistiendo: “Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, “volved a mí de todo corazón” (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección”. Y no puede haber mejor elección que escogerlo a Él, el único que por la fe que tenemos  puede darle el verdadero sentido a nuestra existencia.

“Una fe que requiere obras, esfuerzos, sacrificios que muchas veces conlleva cargar con la cruz “Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar”.

“¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”  “El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado.(…) No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza “hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar”.

Apreciados Hermanas y Hermanos, amigos del corazón, sin olvidar la invitación inicial de Papa Francisco “Abrazar al Señor para abrazar la esperanza” y recordando los signos de los tiempos a que hace referencia Jesús en Lucas 12, 54-59, cuyo objetivo es palpar la presencia divina en los diferentes eventos de nuestra historia y en nuestra vida particular, que nos cuestiona cuando nuestro comportamiento está al margen de sus valores o nos alienta cuando los vivimos y compartimos, aprovechemos de esta circunstancia del COVID-19, no tan agradable, para renovar nuestro empeño de vida cristiana con el amor, que junto a nuestros semejantes, nos une al Señor que nos ama; con la fe, para aceptarlo sin condiciones, vivirlo y compartirlo con la plena seguridad de que jamás nos abandona y la esperanza de que muy pronto tendremos un futuro mejor, libre de toda angustia.

Sigamos orando. No desmayemos de orar.

El Señor y la Virgen de Guadalupe nos bendigan.

  1. Francisco Lafronza (P. Felipe)

Surco 29 de marzo 2020.

La semana que cambió al mundo fue vivida con mucha devoción en nuestro colegio.El lunes, martes y miércoles Santo, nuestra comunidad educativa tuvo espacios de reflexión personal y comunitaria en un clima de oración y de alabanza al Señor.
El lunes se escenificó los estudiantes de cuarto de secundaria escenificaron la entrada de Jesús a Jerusalén acompañados por todos aquellos que trajeron sus palmas y ramos. El martes se realizó el compartir el pan en las aulas y el día miércoles vivimos la pasión de Jesús en la escenificación del Vía Crucis por parte de los estudiantes de la promoción DEUS CARITAS EST.

Toda la Comunidad Educativa: hermanos franciscanos capuchinos, profesores y estudiantes celebramos la Pascua de la Resurrección en el patio del colegio.

Un agradecimiento especial a las promociones DEUS CARITAS EST y PORTA FIDEI por su destacada participación y apoyo en las actividades de semana santa